#Opinión: El derecho a ser poeta

El padre asegura será un ingeniero,

la madre pretende que sea doctor…

Son los primeros versos de la canción Yo quiero ser bombero del argentino Alberto Cortez. Los recuerdo con frecuencia, pues los escuchaba de adolescente con mi papá (quien decía que me apoyaría sin importar lo que quisiera ser de grande).

Pero ahora también me acuerdo de ellos cuando percibo la desesperanza en las voces de varios estudiantes y recién egresados.

Cuando me cuentan de su infructuosa búsqueda de empleo, de las ofertas de hacer la labor de cuatro por el sueldo de medio. Sin plaza, sin prestaciones. Por honorarios.

Eso si no les piden trabajar gratis en espera de una consolidación que la mayoría de las veces no llega.

No son ahora, pues, los padres quienes pretenden decidir su futuro. Es el mercado.

Por ello, como relatamos en esta sección hace unos días, de las 25 carreras profesionales que son monitoreadas en el estado por el Observatorio Laboral de la Secretaría del Trabajo y Previsión Social, en nueve, más de la mitad de sus egresados trabajan en algo ajeno a lo que estudiaron. En seis profesiones más los porcentajes van entre 40 y 50 por ciento.

La respuesta empresarial y gubernamental tiene una lógica innegable: si el mundo prefiere empleados con habilidades tecnológicas e ingenieriles, hay que convencer a los jóvenes para que estudien ese tipo de carreras.

Usando la idea del futurista estadounidense Alvin Toffler, se explica que es la cuarta ola de la tecnología y que tratar de rechazarla es tan fútil como eso: intentar detener una ola.

Me encanta la idea de prepararse para un futuro que está más cerca de lo que pensamos, pero me pregunto si alguien está haciendo algo en serio por todos esos sociólogos, politólogos, licenciados en Letras, economistas, abogados y médicos (¡que cobran una consulta a 30 pesos!) sin perspectivas de un futuro digno.

El mercado es así, mas cuesta trabajo entender cómo en un país con uno de los niveles más altos de obesidad del mundo hay tantos nutriólogos desempleados.

La Constitución afirma que a ninguna persona podrá impedirse que se dedique a lo que le acomode, siendo lícito, pero el presente pone en duda la capacidad del Estado para garantizar ese derecho.

Aprecio grandemente el talento de los ingenieros y los técnicos (mi padre lo fue hasta el último día de su vida; mi hermano mayor lo es). Admiro las políticas de una nación como India, que se ha convertido en una incubadora de estos perfiles.

Pero también desde la India me llegan las palabras del Premio Nobel de Literatura Rabindranath Tagore:

Permite, Padre, que mi patria se despierte en ese cielo donde nada teme el alma, y se lleva erguida la cabeza;

donde el saber es libre; donde no está roto el mundo en pedazos (…); donde la palabra surge de las honduras de la verdad; (…)

donde el entendimiento va contigo a acciones e ideales ascendentes…

¡Permite, Padre mío, que mi patria se despierte en ese cielo de libertad!

Pienso en mi sobrina la diseñadora gráfica y en mi sobrino el tecnólogo en Electrónica; por los dos, por todos como ellos dos, vale la pena reivindicar el derecho a ser poeta. Dignamente.

 

La foto es de la Simon Fraser University.

 

 

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